Cuando mi papá me llamó para preguntarme si quería que me fuera a buscar en la camioneta, me faltaban unos dieciséis kilómetros para llegar a casa.
Llevaba horas pedaleando. Había reparado una cadena cortada, subido cuestas sin el cambio que necesitaba y pasado por varios controles sanitarios. Las piernas ya estaban pasando la cuenta.
—No te preocupes, papá. Me falta poco.
Era el martes 28 de abril de 2020. Aquel día recorrí 111 kilómetros entre Concepción y Chillán, en bicicleta, para volver con mi familia.
Un regreso que había que preparar
En ese tiempo vivía solo en un departamento de calle Caupolicán, en Concepción. Mi contrato de trabajo había terminado y mi familia estaba en Chillán. La pandemia recién comenzaba y el cordón sanitario que rodeaba la ciudad complicaba el regreso. No encontraba locomoción para volver.
Así que empecé a preparar el viaje en la bicicleta que tenía conmigo: una Kestrel Legend SL de ruta, negra, del año 2018.
Había estudiado el recorrido. Saldría hacia Florida, seguiría hasta Quillón y tomaría el camino a Nueva Aldea. Después cruzaría el río Itata y continuaría por Quinchamalí hasta Chillán.
Sobre el mapa parecía bastante sencillo. El problema estaba en las cuestas y en mis piernas: llevaba tiempo sin entrenar con regularidad.
Durante unas dos semanas pedaleé todos los días en un rodillo sencillo. También hice algunos cambios en la bicicleta. Reemplacé el plato pequeño de 36 dientes por uno de 34 y cambié el cassette trasero de 11–28 por uno de 11–32. Quería un desarrollo más liviano para las subidas.
Años después, al revisar el track, pude ponerle una cifra a ese esfuerzo: el recorrido acumuló cerca de 1.088 metros de ascenso. Había tenido buenas razones para preocuparme por los cambios.
La víspera despaché una maleta por encomienda. Metí mi ropa, el computador, la PlayStation y mis lentes ópticos, porque viajaría con gafas de ciclismo. Cerré todo con cuidado, puse unos sellos y pagué el servicio más rápido para que llegara al día siguiente.
La idea era encontrar mis cosas en Chillán cuando yo llegara.
La maleta, por lo visto, tenía otros planes.
Dos cuadras y vuelta al departamento
Recuerdo haber salido poco antes de las nueve de la mañana. Alcancé a avanzar unas dos cuadras cuando tuve el primer problema con la rueda trasera.
Al cambiar el cassette había quedado mal instalado un rodamiento. Me devolví, lo corregí y salí otra vez.
Después de dos semanas de preparación, mi viaje había comenzado con una vuelta a la cuadra.
El Garmin empezó a registrar a las 9:28, en la esquina de Rengo con Víctor Lamas, junto a la ciclovía del Parque Ecuador. Desde ahí seguí hacia la Universidad de Concepción y fui atravesando la ciudad hasta salir al sector de la ruta a Cabrero.
Todavía estaba cerca de Concepción cuando llegó el segundo contratiempo.
Había llovido durante los días anteriores y una parte de la ciclovía estaba llena de barro. La bicicleta quedó entrampada y se cortó la cadena.
Tuve que detenerme, sacar el eslabón dañado y volver a unirla. Conseguí repararla, pero quedó más corta y ya no podía usar el piñón más grande.
Ese que había instalado especialmente para las subidas.
Aún no llegaba a las cuestas importantes y ya había perdido una de las ayudas con las que contaba para superarlas.
Me limpié como pude y seguí.
Los Siete Puentes y las primeras cuestas
Al terminar la ciclovía, en el sector de Agua de la Gloria, tomé el camino hacia Florida.
Mientras avanzaba por el sector de los Siete Puentes, me llamó mi hermano. Cuando supo que venía en bicicleta desde Concepción, me dijo que estaba loco. Que cómo se me ocurría hacer ese viaje pedaleando, que tuviera mucho cuidado y que mejor hubiera aceptado venir en un vehículo.
Tenía sus razones para decírmelo. Unos días antes me había ofrecido traerme, aprovechando un viaje que debía hacer por su trabajo, y yo le había dicho que no.
Ahora estaba ahí, con varios kilómetros por delante y una cadena reparada que ya no me dejaba usar el cambio más liviano. La preocupación de mi hermano era comprensible. También era un poco tarde para reconsiderar su oferta.
Seguí avanzando, aunque después del sexto puente el cansancio empezó a hacerse sentir. Me detuve en un paradero a la entrada de Curapalihue para descansar y recuperar fuerzas.
Todavía quedaba mucho camino. Sentado ahí, preferí ocuparme de lo inmediato: descansar un poco, volver a subirme y llegar al siguiente tramo.
El Cayumanqui a lo lejos
Después vinieron el sector del Puente Amarillo y la subida de Paredones: larga, con curvas, de esas que obligan a encontrar un ritmo y tener paciencia.
Y entonces vi el cerro Cayumanqui.
Llevaba tiempo sin volver a Ñuble. Desde Chillán también se distingue a lo lejos, y encontrar su silueta desde el camino me produjo una emoción enorme.
Hasta ese momento había estado pendiente de la cadena, de las subidas y del cansancio. Al verlo, pensé en mi tierra y en lo que me esperaba al final del viaje.
«Al fin estoy cerca», me dije.
Todavía faltaban kilómetros, pero reconocer ese cerro me dio ánimo para seguir.
Después vino una bajada larga hasta el peaje de Queime, donde tuve un encuentro bastante menos emotivo con la barrera.
No alcancé a entender la advertencia de la señora de la caseta y pasé a llevarla. La barrera se dobló un poco y yo conseguí pasar, sumando otra anécdota a una jornada que ya venía movida.
Había un control sanitario en el lugar. Revisaban a los vehículos, pero a mí no me detuvieron.
Seguí hasta Quillón.
Una pausa y camino a Nueva Aldea
En Quillón descansé unos minutos cerca de la esquina de la calle principal con Cayumanqui. Recuerdo que incluso hablé por teléfono con una alumna en práctica que tenía entonces. Entre tanta bicicleta y tanta incertidumbre, también hubo un momento para conversar de trabajo.
Después tomé el camino hacia Nueva Aldea.
Le tenía respeto a ese tramo por los camiones que transportan rollizos de madera. Hay poca berma y algunas curvas y pendientes que obligan a mantenerse atento. Por suerte, ese día circulaban pocos camiones, quizá por la misma pandemia.
En el puente Quitrico había otro control sanitario. Personas con overoles blancos, mascarillas y gorros revisaban los vehículos. Tampoco me detuvieron. Nunca supe si pensaron que era un ciclista del sector o si simplemente no les llamé la atención.
Más adelante llegué al enlace con la Autopista del Itata. Mi plan era recorrer un tramo corto para cruzar el río y salir hacia Confluencia y Quinchamalí.
El tránsito de bicicletas estaba prohibido. Al pasar por el peaje sonó una alarma y me puse nervioso. No sabía si se había activado por mi ingreso o porque había pasado sin pagar.
Seguí por la berma, pendiente de que apareciera algún vehículo de la concesionaria. Crucé el río, llegué a la salida y tomé el camino hacia Quinchamalí, aliviado de haber dejado atrás ese tramo.
El almuerzo tendría que esperar
Continué por el camino antiguo hasta llegar a Quinchamalí. En la calle principal encontré unas bancas y me senté a descansar.
A esas alturas ya tenía varias horas de pedaleo encima y el combustible empezaba a escasear. Había comprado varias barras de Snickers el día anterior y llevaba sobres para preparar bebida, pero no había pensado demasiado en una alimentación más completa para el viaje.
Los geles energéticos todavía me resultaban poco familiares.
Así que comí chocolate, tomé agua y me quedé un rato sentado.
Quedaba el último tramo, por caminos que conocía. Haberlos recorrido antes me daba cierta tranquilidad, aunque también significaba saber que todavía faltaban algunas subidas.
Había que levantarse de la banca.
La llamada de mi papá
En el sector de Huechupín me esperaba una subida larga que conocía como Los Lirios.
Esa me costó.
Llevaba horas pedaleando y todo el esfuerzo anterior se sentía en las piernas. Fui subiendo despacio, con el cambio que tenía disponible, hasta alcanzar la bajada hacia el puente Vista Bella, sobre el río Chillán.
Por ahí me llamó mi papá.
Quería saber si necesitaba que fuera a buscarme en la camioneta.
—No te preocupes, papá. Me falta poco.
Me quedaban unos dieciséis kilómetros.
Hoy recuerdo especialmente esa llamada. Mi papá estaba vivo entonces, pendiente de mi viaje, dispuesto a subirse a la camioneta para ir a buscarme.
Yo seguí pedaleando. Más lento, bastante cansado, pero cada vez más cerca de casa.
El último control
A la entrada de Chillán, junto al cruce con la Ruta 5, había militares controlando el ingreso a la ciudad. Los vehículos esperaban detenidos.
Esta vez también me hicieron parar.
—¿De dónde viene?
—De Concepción.
El militar me miró sorprendido.
—¿De Concepción?
—Sí, de Concepción.
Y entonces, cuando faltaba menos de un kilómetro para llegar a mi casa, escuché lo que menos quería oír:
—Pero usted no puede entrar a Chillán. Hay un cordón sanitario.
Le expliqué que vivía ahí.
—¿Tiene cómo demostrarlo? ¿Alguna boleta, algún comprobante de domicilio?
Había pensado en los cambios de la bicicleta, en el recorrido, en el agua y en los chocolates. Llevar un comprobante de domicilio no se me había ocurrido.
Le ofrecí mostrarle la cuenta del teléfono, que llegaba a mi dirección en Chillán. Finalmente me dejó pasar.
—Ya, entre nomás. Pero no puede salir de Chillán en catorce días.
Retomé el camino. Ahora sí, quedaban las últimas pedaladas.
En casa
El registro del Garmin terminó a las 15:12.
Habían pasado cinco horas y cuarenta y tres minutos desde que lo encendí en el Parque Ecuador, contando las detenciones. En el camino quedaron 111,2 kilómetros y cerca de 1.088 metros de ascenso acumulado.
Mi mamá me estaba esperando.
Llegué con las piernas adoloridas y me fui a descansar un rato a la cama. Después almorcé, tarde y con el viaje por fin terminado.
La maleta llegó unos dos días después.
La empresa explicó que tenía problemas logísticos por la pandemia, aunque me había cobrado el servicio para entregarla al día siguiente. Al menos todas mis cosas venían intactas.
Después de reparar una cadena, superar las cuestas y pasar los controles sanitarios, había conseguido llegar desde Concepción antes que mi encomienda con despacho rápido.
Me quedé en Chillán durante el resto de 2020. Más adelante retomé el trabajo particular, dentro de lo que permitían esos meses difíciles, hasta que conseguí un nuevo empleo en Concepción.
De aquel martes me quedaron las cifras guardadas en el track y varias escenas que todavía recuerdo con claridad: el barro al comenzar, la cadena sonando en las cuestas y el Cayumanqui apareciendo a lo lejos.
También la voz de mi papá al teléfono.
Y mi mamá esperándome cuando, después de tantas horas, me bajé de la bicicleta en casa.